Mitología

El Rey Midas

 

La figura del rey Midas se asocia en la mitología griega con la avidez y el deseo incontrolado de riquezas.

El rey Midas, tenía una hija llamada Zoe, además poseía grandes riquezas y poder pero su codicia le hacía anhelar el tener más y más riquezas. Dionisio dios del vino y de la alegría conocido por los romanos como el dios Baco poseía la facultad de liberar a las personas de sus más grandes pesares con el vino. Un fauno llamado Sileno formaba parte de su corte.

Un día Midas paseaba por su magnífico jardín de rosas donde se encontró con Sileno, que estaba absolutamente ebrio, por la gran cantidad de vino que había tomado la noche anterior. Midas le recogió en su palacio y ayudó a Sileno a recuperarse de su estado de embriaguez para llevarlo luego al mismo dios, Dionisio.

Dionisio agradecido por el cuidado y retorno de su fauno, concedió un deseo a Midas, que en su obsesión por enriquecerse pidió tener el poder de transformar cualquier cosa que tocara en oro macizo y su deseo le fue concedido.

Así, en un primer momento, la capacidad de transformar los objetos en oro, le fascinó y gozoso de ello, empezó a transformar espigas de cereal, flores y objetos de su palacio en oro, soñando que así tendría todas las riquezas que deseaba.

Tal era su alegría que quiso celebrarlo organizando un gran banquete pero pronto comprobó que ya no podía comer ni beber, pues todo alimento que tocaba se convertía en oro. Ante su desesperación y para consolarse, abrazó a su hija Zoe, que era lo que más quería, pero el abrazo la transformó en una estatua de oro.

Aterrado por el deseo que había pedido y las consecuencias de este, volvió al dios Dionisio para que le liberara y Dionisio sabedor de su arrepentimiento se apiadó de el y consintió en liberar a Midas de su poder. Para ello el rey tendría que sumergirse en la aguas del rio Pactolo. Así lo hizo Midas y desde aquel día se encuentran pepitas de oro en este río.

En el mismo instante en que Midas fue liberado volvieron a su ser natural todas las cosas que había tocado, incluida su hija a quien finalmente pudo volver a abrazar.

Midas comprendió los peligros de la codicia que lleva a un camino oscuro y solitario y a partir de entonces fue un mejor rey que supo entender donde está la verdadera riqueza que ni todo el oro del mundo puede pagar.

Documentado con la colaboración de Rafael Rovira Perea.

 Realización Sofía Crespi de Valldaura

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